Estimado lector: seré muy franco contigo desde el inicio y te diré que todo este asunto de los títulos me parece demasiado pretencioso. Puedes llamarme y recordarme como Lalo Profe, Lalo Flores, o en un caso más formal, Eduardo o Eduardo Flores.
Sin embargo, no puedo negar que, para hablar de lo que estoy a punto de compartirte, necesito cierto respaldo que sólo los títulos pueden proporcionar. De lo contrario, sería sólo un sujeto cualquiera hablando de natación, con lo que podría suponerse que entiendo poco o nada de lo que estoy hablando. Y ya que no es el caso, es momento de que me conozcas en el ámbito profesional:
Mi nombre es Eduardo de Jesús Flores Sánchez, Licenciado en Cultura Física y Deportes por parte de la Universidad de Guadalajara. Educador Acuático Académico Universitario certificado por parte de la Asociación Nadar Sin Fronteras y la Universidad de Ciencias y Deporte de Chiapas.
En 2012 conseguí mi primer empleo como profesor de natación en el Complejo Deportivo Panamericano (CODE Metropolitano), que mantuve por únicamente cuatro meses para concluir la preparatoria en el CETI Colomos. En aquel entonces yo tenía 17 años.
Tres años después (2015) tuve la dicha de regresar al medio y desde entonces he dado clases de natación para CETI Colomos (dulces ironías de la vida), CODE Revolución, YWCA de Guadalajara, Vivo 47, Carril4tro y el Colegio Franco Mexicano. Además de ofrecer mis servicios como profesor de natación particular. Todo esto, durante los últimos 8 años.
Además, con el favor de Dios y de mi red de apoyo, me he ocupado de actualizarme anualmente por medio de capacitaciones, talleres, cursos y diplomados, siendo el más reciente el II Simposio Anual de Ciencias Aplicadas al Entrenamiento de Natación, organizado por Federico Rossi Capacitaciones.
Ahora que sabes que no soy un completo ignorante, puedo describirte el inicio de este libro y por qué decidí comenzar de esta manera.
Uno de los conocimientos que más me han marcado como profesor de natación es el hecho de que mis nadadores son más que nadadores. Son, además, estudiantes, amigos (a veces míos, otras, no tanto), hermanos e hijos. Ahora, si son mayores de edad, encontramos que además de lo anterior, pueden ser también padres o madres, profesionistas y la amada pareja de alguien. ¡Con todo lo que eso implica!
Lo creas o no, todas estas facetas de la vida de una persona son de suma importancia al momento de ingresar a la piscina. Por eso, en las páginas siguientes encontrarás tecnicismos acompañados de anécdotas que utilizaré para que comprendas mejor lo que te estoy compartiendo.
Alguien dijo una vez: “El médico que sólo de medicina sabe, ni medicina sabe.”, y yo he comprobado que para los profesores de natación, podemos aplicar algo parecido a lo siguiente: “El profesor de natación que sólo de natación sabe, ni de natación sabe.”
La presente sección de este libro está dirigida a un público más amplio, debido a su componente mayormente humano y escasamente técnico. Deseo de corazón que impacte positivamente en las mentes y corazones de quienes la lean.
Orígenes.
Fui, primera y afortunadamente, el producto de una decisión tomada por dos personas que se amaban (y aún se aman) mutuamente. Una vez fui capaz de recordar, me convertí en todo aquello que esas dos personas, desde su gran amor, fueron capaces de enseñarme, siempre para mejorar.
Cuando tuve la edad suficiente, dejé de ser algunas cosas que, según mi criterio, no encajaban con la imagen que yo mismo tenía de mí, y comencé a ser otras que no había encontrado en compañía de quienes me trajeron aquí.
A partir de ese momento, con mis decisiones, he ido sumando y restando rasgos a mi ser, entendiendo que hay algunas cosas que nunca soltaré, así como algunas otras que jamás tomaré. Hoy soy todo aquello que decidí tomar y soltar de todas aquellas personas que estuvieron y que están. Si hay para mí un mañana, ese día seré, además, todo lo que decida abrazar o rechazar de quienes en ese momento me acompañen.
Y es así como en cada momento, en cada latido y cada aliento, resultando en un error o en un acierto, estoy siendo todo aquello que tomo o suelto.
Privilegios.
Era una tarde lluviosa de otoño y me acompañaba una gran amiga. Conversábamos sobre nuestras historias de infancia y adolescencia hasta que, tras una pausa, ella preguntó: -¿te das cuenta de la cantidad tan grande de privilegios que has tenido en tu vida?
Puedo decirte que desde ese momento, comencé a ver mi vida desde una perspectiva más feliz, y más responsable.
Creo que todos tenemos privilegios. Algunos de esos privilegios los tenemos por el simple hecho de nacer, de existir como individuos pertenecientes a la especie humana (la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos).
Casi inmediatamente después de confirmar que seguimos vivos después del parto, estos privilegios pueden aumentar, verse limitados o desaparecer por completo por los siguientes factores: ingreso económico de tus padres, color de piel, ciudad y lengua natales, la pertenencia a una determinada etnia y muchas otras que podrían convertir esta sección del libro en una lista interminable. Sí, saber esto no es agradable, pero eso no lo vuelve menos cierto.
Encontramos también los que ganamos con nuestro esfuerzo y trabajo (eres autor de un libro, entrenador de un exitoso equipo deportivo o gerente de la empresa más grande a nivel mundial). Estos son importantes porque pueden ayudarnos a inclinar la balanza a nuestro favor, si los factores mencionados en el párrafo anterior nos jugaron una mala pasada.
Finalmente, existe un último grupo de privilegios que involucran nuestras relaciones interpersonales (de quién eres hijo, de quién eres amigo, hermano, pareja, alumno, profesor, conocido y hasta enemigo). Alguna vez hemos escuchado el caso de alguna persona que nadie conocía y, por haber sido el profesor que ayudó tanto al hijo del gerente de una prestigiosa empresa, ahora se ha convertido en cliente preferencial de la misma, con todos los beneficios que esa condición pueda significar.
Es lamentable, pero no todos tenemos los mismos privilegios. Incluso, si hablamos del libre albedrío (la libertad de elegir cómo queremos vivir todo aquello que no podemos controlar), que se considera un privilegio irrevocable del ser humano, no sirve de nada cuando una persona no sabe que lo tiene, que puede utilizarlo y las opciones que tiene para ello.
Sabiendo esto, ¿qué se hace? En mi caso, decidí utilizar los privilegios que alguna vez tuve y los que ahora tengo para contribuir a mejorar la calidad de vida de mis alumnos y deportistas, dentro y fuera del agua, ya que la actividad física adecuadamente dosificada reporta beneficios dentro y fuera del lugar y contexto donde se practique.
El siguiente capítulo te ayudará a comprender mejor por qué decidí hablar de privilegios y de qué manera se relaciona este capítulo con el título de este libro.
Primeros pasos.
Como primer privilegio voy a mencionar que mis padres siempre se esforzaron porque tanto mis hermanas como yo recibiéramos una instrucción adecuada para aprender a nadar, y lo consiguieron.
¿Sabías que en las antiguas Grecia y Roma el saber nadar era algo tan importante y valorado como saber leer y escribir? Por consiguiente, quienes no sabían hacerlo, eran considerados incultos. ¿Drástico? Actualmente sí, sin embargo, en aquella época, las habilidades en el medio acuático servían como entrenamiento táctico militar, parte esencial en la formación de los jóvenes griegos y romanos, dado el estilo de vida de dichas civilizaciones.
En pleno siglo XXI, en la década correspondiente al 2020 (que es en la que espero que tengas este libro en tus manos), dicha distinción se ha hecho menos agresiva.
Sucede que la natación ocupa el primer lugar entre los deportes más practicados a nivel mundial (no lo digo yo, lo dicen los 1500 millones de personas que lo han integrado a su estilo de vida y que han tenido la oportunidad de contestar la última encuesta, cuyos resultados se muestran en diversos sitios de internet.)
¡Un momento! Si es tan practicado, entonces aprender a nadar no es un privilegio muy difícil de conseguir, ¿verdad?
Bueno, todo depende. ¿En qué condiciones quieres aprender a nadar? ¿Quieres una alberca bajo techo o al aire libre? El agua de esa alberca, ¿la quieres tratada con cloro, con sales o con filtros de luz ultravioleta? ¿Quieres que tu maestro sea un profesional del deporte adecuadamente preparado o una persona que nadó alguna vez en su vida y por consiguiente pensó o lo indujeron a pensar que eso era más que suficiente para ser considerado profesor de natación? ¿Cuántas clases a la semana quieres tomar? ¿El centro acuático forma parte del sector público, privado o de una organización sin fines de lucro?
Estos detalles son importantes ya que, basándose en ellos, los administradores de los centros acuáticos determinan la cuota de inscripción (pagada generalmente de manera anual), así como la mensualidad que pagarás para convertirte en usuario de sus instalaciones. Al momento de la publicación de este libro, la inscripción y mensualidad más bajos que puedo encontrar en la Zona Metropolitana de Guadalajara (en Jalisco, México) son de $297.00 y $443.00, respectivamente. Aclarando que se trata de una mensualidad de 2 clases por semana, que es el mínimo de días que se suelen ofertar al público.
A estas alturas de la vida, sabemos que la natación exige un gasto energético importante (lo suficiente como para estar catalogado dentro de los deportes que más calorías ayuda a quemar). Y esa energía se tiene que obtener de algún lugar, ¿verdad? En nuestro caso, hablamos de los alimentos, lo cual me lleva a la siguiente pregunta: tomando en cuenta que quieres nadar ¿puedes alimentarte adecuadamente para no ceder ante los efectos de la desnutrición?
Terminando con mi guía para construir tu presupuesto destinado a tus clases de natación, necesitarás, como mínimo, una gorra, gafas de natación, un traje de baño, una toalla, un par de sandalias y una mochila donde puedas meter todo lo anteriormente mencionado.
En una tienda deportiva o en una tienda de artículos de natación encontrarás una amplia variedad de colores, formas, tamaños, marcas y, desde luego, precios. ¿Te atreves?
La razón por la que hago todas estas preguntas es porque quiero mostrarte que, aunque creo que sería genial que todos tuviéramos el privilegio de contar con las mejores condiciones para desempeñarnos en aquello que decidamos hacer, no siempre es así, y la natación no es una excepción a esta circunstancia.
Así que, si en este momento tienes la oportunidad de practicar este deporte o cualquier otro, valóralo y sácale el máximo provecho.
Retomando el tema de mis privilegios, el segundo de ellos fue el contar con profesores y entrenadores que siempre dieron lo mejor de sí mismos durante las sesiones que tomé con ellos. A cada uno lo recuerdo con mucho cariño y todos aportaron mucho a mi trayectoria deportiva en mi infancia y adolescencia. Incluso hoy, que sigo nadando con el objetivo de ser capaz de dar demostraciones a mis alumnos cuando no logran entender algún movimiento, me he encontrado con entrenadores y profesores que me han ayudado a mejorar tanto mi técnica como mi desempeño en las carreras cortas y largas.
Mi último privilegio ha sido contar con gente que me ha apoyado a llegar tan lejos como he querido en este deporte, en las distintas etapas de mi vida. Familia, amigos, parejas, compañeros de clase, de entrenamiento y hasta profesores de la escuela. Siempre encontré palabras y acciones motivadoras en cada una de estas personas, que me hicieron el camino aún más disfrutable.
Ya puedo escucharte y visualizar tu rostro, expresando cierta intriga: -¿Pero quién dices que eres? Porque a mí todo este discurso me suena al de un gran nadador, y no recuerdo haber leído tu nombre ni escuchado de ti en grandes competencias. Mucho menos te vi en televisión, ni en redes sociales.
Efectivamente, mi trayectoria como nadador no es precisamente la más sobresaliente del mundo, ni de mi continente, mi país, estado o municipio. Sin embargo, si para un nadador promedio como yo, todos los factores que mencioné antes han sido tan importantes, ¿cuánto más no lo serán para los nadadores de talla mundial cuyos nombres no necesito ni mencionar porque tú ya los tienes en mente? Ahora, vamos al punto:
Tomé mi primera clase de natación tres meses antes de cumplir los ocho años. Un inicio considerado tardío en aquellos tiempos para un deporte tan demandante. Sin embargo, eso me permitió asimilar más rápidamente ciertas habilidades que habrían requerido años de trabajo de haber empezado antes.
La cosa es que a los nueve años yo ya estaba formalmente invitado a formar parte del pre equipo (lo que después aprendería a llamar ‘iniciación deportiva’). ¿Qué se hace allí? Aprender a entrenar y aprender a competir.
Hasta este punto, todo normal. Sin embargo, cuando se involucra la palabra ‘competencia’ todos nos volvemos locos, en menor o mayor medida. ¿Tienes idea de la cantidad de compañeros talentosos con quienes tuve el gusto de coincidir? Fueron muchísimos. Si cada equipo en el que estuve estaba integrado por un promedio de 20 nadadores, al menos 10 de cada equipo eran muy buenos (digo esto desde la perspectiva de un niño de para entonces 10 años para el cual ser bueno en un deporte significaba subirse al podio al menos una vez o llevarse al menos una medalla en cada competencia.)
Como imaginarás, yo no me encontraba dentro de esos 10. La única competencia en la que recuerdo haber tenido una buena participación es un acuatlón (una carrera donde corres, nadas y vuelves a correr) en el que participé cuando tenía 13 años, donde logré posicionarme dentro de los 10 primeros lugares. Eso significa que por fin me llevé una medalla que no era sólo por participar en el evento.
¿Y las competencias en las que sólo nadaba? Bueno, digamos que si dentro de mi categoría éramos 30 nadadores, a mí me podías encontrar entre los lugares 27 y 30. En cualquier prueba de cualquier estilo.
A mí nunca me interesó que me fuera bien en una competencia hasta los 15 años. Antes de eso sólo iba a nadar para hacer amigos con quienes pudiera pasar un buen rato después del entrenamiento, lo cual significaba ir a la fosa de clavados para lanzarnos desde los trampolines o las plataformas hasta que el cuerpo aguantara o hasta que nuestros papás nos dijeran que era hora de volver a casa (casi siempre pasaba lo último).
Con este antecedente, es fácil deducir porqué me fue como me fue en aquellos momentos. Ni competir ni entrenar eran prioridades para mí. Y cuando no enfocas tu atención, energía y acciones para alcanzar un objetivo, difícilmente lo lograrás.
Desde luego, ser parte de un equipo competitivo de natación cuando tus prioridades no son entrenar ni competir no era precisamente algo congruente. Al menos no en aquel tiempo, cuando era yo un ignorante en materia de deporte, lo cual implicaba que desconociera sus distintas clasificaciones.
Dentro de estas clasificaciones existen particularmente tres que te permitirán comprender de qué estoy hablando:
1.- Educación Físico Deportiva. Orientado hacia la satisfacción de necesidades lúdicas y educativas (jugar y aprender, que juntas se convierten en el proceso de aprender jugando).
2.- Deporte para todos. Su objetivo es capacitar al mayor número posible de personas para que practiquen deporte u otras actividades físicas, a fin de mejorar las condiciones de la sociedad en materia de salud pública.
3.- Deporte de rendimiento. Una clasificación más estructurada, que requiere una metodología de trabajo más específica al aplicar cargas de entrenamiento, volumen, intensidad, periodización y búsqueda de valores, a fin de que sus practicantes logren la maestría deportiva del más alto nivel en corto tiempo. Aquí se entrena para competir.
Hago una pequeña pausa porque mi trayectoria deportiva recorrió sólo las clasificaciones anteriormente mencionadas. Sin embargo, existen otras dos clasificaciones más que completan esta lista:
4.- Deporte de Alto Rendimiento. En esta clasificación se exige un nivel alto de disciplina y constancia, lo cual se traduce en una cantidad considerable de horas de entrenamiento. ¿Por qué? Porque aquí se entrena para ganar. Pero cuando se gana, ¿qué sigue? Pues es entonces cuando encontramos el aclamado:
5.- Deporte Profesional. La aspiración más alta de todo deportista de alto rendimiento. Esto implica patrocinios con importantes empresas a nivel local, nacional o internacional (te pagan por ser el mejor en tu deporte). Aquí ganar no lo es todo: es lo único.
Cuando un deportista de rendimiento enfoca sus pensamientos, acciones y recursos para alcanzar su máximo potencial, puede alcanzar cualquiera de las dos clasificaciones anteriormente mencionadas.
Sin embargo, ¿de qué manera nace en un deportista la creencia o el deseo de llegar a lo más alto? Bueno, generalmente nace en el exterior. En algún momento observamos a alguien practicar un determinado deporte y fantaseamos con estar allí. Generalmente ignoramos el esfuerzo titánico que implica y nos concentramos en una imagen de nosotros mismos recibiendo un trofeo o una medalla.
¿Y eso es todo? Pues no. Algunas personas abandonan cuando se encuentran cara a cara con el esfuerzo titánico que mencioné arriba. Y para quienes no abandonan, existe una persona que se encarga de alimentar ese sueño: el entrenador deportivo.
Con sus conocimientos en materia deportiva, inteligencia intrapersonal e interpersonal, el entrenador se convierte en un componente fundamental en la red de apoyo del deportista, uniendo fuerzas para alcanzar las metas que ambos se propongan.
Yo tuve la fortuna de coincidir con varios entrenadores muy buenos hasta que conocí a aquel que despertó mi ambición como nadador, y más adelante, como profesor y entrenador de natación: Jorge López Barragán.
Tuve la fortuna de conocer a Jorge a mis 10 años de edad, cuando entrenaba en el pre equipo del Club Chivas Colomos, cuando, debido a mi nulo interés en el entrenamiento y las competencias colmaron la paciencia de mi entrenadora, Iris Córdova (Iris, si algún día lees esto, quiero que sepas lo mucho que agradezco todo tu esfuerzo y paciencia cuando fui tu alumno), de tal suerte que me había conseguido un ultimátum: mejoraba mi empeño o le decía adiós al pre equipo.
Pues bien, con el propósito de que yo no desertara, mi padre habló con Iris y, a su vez, ambos hablaron con Jorge para que asistiera a sesiones sabatinas con él, las cuales servirían para mejorar mi técnica y, desde luego, mi actitud.
Yo me enteré de esto sin muchos detalles, y no pude evitar sentir algo de miedo, porque, a mis 10 años, Jorge era para mí el maestro estricto de la alberca que se encargaba de regañar a los niños en la alberca techada del club, y mis amigos y yo éramos esos niños. Por tanto, sólo podía imaginarme un escenario compuesto por Jorge regañándome sin parar durante 2 horas.
No podía estar más lejos de la verdad; dieciocho años después, recuerdo esas sesiones con mucho cariño. Además, los resultados no se hicieron esperar. Tiempo después me reencontré con mis antiguos compañeros del equipo anterior
Recordarás que para mí las competencias y el entrenamiento no fueron importantes hasta que cumplí 15 años, ¿verdad? Pues a mis 15 años, influenciado por mi recién descubierta competitividad, decidí solicitar la oportunidad de hacer una prueba para formar parte del equipo del Consejo Estatal para el Fomento Deportivo de Jalisco (CODE Jalisco, para abreviar).
Pese a que creo que es algo bastante obvio, te contaré que, dados mis antecedentes, no pasé dicha prueba. Y allí estaba yo: un adolescente de 15 años deseoso por demostrarse a sí mismo lo que era capaz de hacer, con el ego recién pisoteado (¡cómo lo agradezco hoy en día!).
Una semana después de este necesario episodio destinado al desarrollo de personaje, mi papá llegó a casa, emocionado de contarme que había conversado con Jorge sobre mi intento fallido de integrarme al equipo de CODE, a lo que este último le dijo que él podría entrenarnos a mi hermana y a mí. Por supuesto, nosotros accedimos, por lo que tiempo después comenzamos nuestro entrenamiento en el Club Chivas San Rafael, pasando a ser integrantes del pre equipo.
Cualquiera diría que fue un retroceso, sin embargo, yo conocía a Jorge como entrenador y confiaba totalmente en su trabajo, así que me podían poner la etiqueta que quisieran, a mí sólo me importaba seguir entrenando con él, pues yo sabía que juntos lograríamos grandes cosas.
Y así fue. Durante un año completo de trabajo colaborativo entre Jorge, mis padres y yo, logramos mejorar satisfactoriamente mi desempeño en entrenamientos y competencias.
Sin embargo, yo no era sólo un nadador. En ese momento de mi vida era un adolescente que cursaba sus dos primeros semestres de preparatoria en una escuela a la que le estaré agradecido durante toda mi vida: el CETI Colomos.
Si no la conoces, te cuento que su nivel de exigencia académica le permitió considerarse dentro de las preparatorias más importantes de Jalisco (exigencia por un lado y exigencia por el otro, ¿alguien más tiene un cierto presentimiento?).
Pues la cosa se puso complicada cuando mi falta de habilidad matemática se integró a la ecuación, provocando que tuviera que recursar dicha materia (una materia de segundo semestre) en tercer semestre, saturando mi carga académica de 8 horas diarias y convirtiéndola en una de 12 los días lunes, miércoles y viernes.
Las 8 horas ya estaban demandando bastante, pero terminar la preparatoria allí era una prioridad. Por lo tanto, antes de terminar el verano, informé a Jorge de mi salida del equipo por los motivos que ya te conté, durante la que sería nuestra última competencia juntos.
Jorge se mostró tan comprensivo como siempre: me dijo que estaba orgulloso de mí por tener mis prioridades definidas (aunque siendo muy sincero, a mí me habría encantado seguir entrenando), y me comentó que parte de tener prioridades claras en ocasiones significa renunciar a algo que nos beneficia a corto plazo en favor de algo que nos reporte un crecimiento a mediano o largo plazo.
Sin embargo, yo estaba frustrado y triste por no haber sido capaz de mantener mi propio nivel de exigencia (en aquel entonces lo consideraba como mío). Amaba nadar, y el sedentarismo al que me estaba exponiendo en la escuela no me gustaba en lo más mínimo.
Mi tercer y cuarto semestres fueron duros, ya que mi frustración y mi tristeza no se iban. Intenté volver a la alberca por mis propios medios y fracasé. Era imposible cumplir con ambas responsabilidades al mismo tiempo en ese momento y yo me negaba a aceptarlo.
Analizándolo en retrospectiva, este distanciamiento con el agua me permitió explorar otras facetas de mi vida, que fueron la música y la literatura, las cuales me han proporcionado enormes satisfacciones.
Mi quinto semestre fue el más agotador de todos. No sólo estaba cumpliendo mi carga ordinaria de materias, sino que, además, estaba recursando otra, correspondiente al semestre anterior (situación que comenzó desde mi tercer semestre, cuando recursaba una materia correspondiente al segundo semestre).
Tanto profesores como estudiantes del CETI concuerdan en una cosa: los puntos de inflexión en la carrera de Tecnólogo en Informática y Computación (ahora conocida como Tecnólogo en Desarrollo de Software) son los semestres 1, 3 y 5. En ellos se concentran los mayores índices de deserción, debido (en mi opinión) al incremento en la complejidad de las asignaturas correspondientes.
Al final del semestre, la materia del ciclo anterior estaba salvada, pero el costo fueron tres materias de quinto semestre que podía presentar en examen extraordinario. Y pensé que, si con una sola materia la situación había sido desagradable, con tres sólo podía empeorar. Por lo tanto, decidí ahorrarme la frustración y recursar esas tres materias, en algo que en aquél entonces llamábamos “quinto plus”, mientras mis compañeros de generación pasaban al siguiente ciclo.
Las consecuencias de esta decisión fueron emocionalmente duras. Es increíble cómo nos autoflagelamos por no ser capaces de hacer las cosas al mismo tiempo que los demás (y no estoy hablando sólo del ámbito académico).
El tiempo me demostraría que mi decisión había sido acertada: sin nada más en mente que el objetivo de acreditar esas materias pendientes, todo fue mucho más sencillo, y esto se vio reflejado en mis notas, que no sólo fueron aprobatorias, sino que fueron casi perfectas. ¡Qué agradable se vuelve el proceso emprendido cuando aceptamos y respetamos nuestro propio ritmo para hacer las cosas!